Leía hace unos días una entrevista con un personaje
público y me llamaban la atención un par de cosas.
Primeramente su declaración de no estar presente en las
llamadas redes sociales. ¡Por San Google!, pensé, decir eso en los tiempos que
corren es casi como declararte un ciber-paria social y muy poca gente lo hace.
Por cierto, al hilo de esto reitero mi apoyo (que ya le
mostré en un comentario) a mi amiga la Moski, que en su muy recomendable blog La ira de las uvas publicó hace poco una
entrada bajo el título de “No me gusta el
facebook”.
Lo otro es que le preguntaron qué leía y decía que estaba
leyendo a Proust y que le gustaba leer porque le hacía sentir más listo y eso
era agradable y que, además, servía para aprender más vocabulario y para ver
cómo se contaban las cosas antes de que nos diera, vaya usted a saber por qué,
por contarlas a toda hostia.
Coincido absolutamente en las dos cosas con dicho
personaje público, pero me voy a centrar en la segunda.
Reconozco, teniendo en cuenta los tiempos que corren casi
cabría decir que me declaro culpable, de ser un lector empedernido. Devoro con
ansia casi cualquier cosa que caiga en mis manos: ficción, historia, ensayo,
política, comedia… Eso sí, reconozco haber hecho una concesión a la modernidad
y haber sustituido el libro en papel de toda la vida por un muy cómodo ebook de
pequeño tamaño que me permite llevar en el bolsillo decenas de libros.
¿Qué ocupa actualmente mis momentos de ocio? podrá preguntarse
algún lector curioso, pues estoy inmerso en la lectura, según su orden de
publicación, de los Episodios Nacionales de D. Benito Pérez Galdós. ¿Por qué? preguntará
el mismo lector curioso que en estos momentos empezará a dudar de mi cordura,
¿y por qué no? contestaré yo. Es historia de España, es cultura general y
aporta una visión de una forma de vida y unos valores que, aunque actualmente
se consideran pasados de moda y puede que hasta políticamente incorrectos, creo,
en mi modesta opinión de todo a 100, que todavía tienen alguna validez.
Cuando voy en el Metro o el autobús, con mi “libro”, a
veces levanto la vista y miro a mi alrededor y veo que un porcentaje muy
mayoritario de mis acompañantes van inmersos en sus teléfonos, intercambiando
mensajes instantáneos, quién sabe si actualizando su estado de Facebook a “en
tránsito” o asombrando al mundo al contarle por Twitter que aún hay gente que
lee en el autobús.
Esto me parece especialmente preocupante entre la parte
más joven de la población. No cogen un libro ni aunque se lo mande el médico (el
manual de usuario del móvil no cuenta como libro por mucho que cada vez sea más
extenso) y eso se traduce en que cada vez hablan, leen, escriben, razonan y se comportan
peor.
Sí, yo también me prometí a mí mismo que nunca
haría/diría lo que había visto hacer/decir a mis mayores (abuelos, padres y tíos)…
pero esa promesa tiene una fecha exacta de caducidad y coincide con cuando
pasas a ser parte de los mayores, vamos, con el momento en que eres padre.
¿Llegarán mis hijos a descubrir que El Quijote, aparte de
un libro cuya lectura te imponen en el colegio, es una de las novelas más
divertidas que se han escrito en lengua española?
¿Adquirirán conocimientos sobre historia derivados de la
lectura de novelas históricas y/o libros no novelados como biografías?: los
Episodios Nacionales, la pentalogía sobre Ramses el grande…
¿Elegirán una opción ética, política o filosófica
basándose en la lectura de varios libros de autores con diferentes opiniones
que les permitan conocer diversas opciones antes de decantarse por la que más
les convenza? Nietzsche, Marx, Bakunin, José Antonio, Ledesma Ramos…
¿Se emocionarán, vibrarán, reirán o llorarán con la
lectura de alguna de las aventuras clásicas que yo he leído dos, tres o qué se
yo las veces?: Los tres mosqueteros, Moby Dick, La isla del tesoro, la serie
del Club de los Cinco…
Y así podría seguir citando las emociones y sensaciones
que me han ido produciendo los cientos, miles de libros que he leído a lo largo
de mi vida.
Se dice que la crisis y la falta de trabajo y
expectativas han originado una (¿sólo una?) generación perdida.
Nadie, o casi nadie, se ha planteado que a lo mejor esas
generaciones empezaron a perderse en el momento en que, con la connivencia de
muchos, les abandonamos en un desierto de estulticia electrónica habitado por
palabras mutiladas a las que se priva de muchas de sus letras; en donde los
signos ortográficos como las comas, puntos y, sobre todo, las tildes han sido
desterrados y condenados al ostracismo; en donde la habilidad para jugar con
las palabras y componer frases primero y párrafos después es tan habitual como
ver una manada de unicornios en la Gran Vía.
El mundo y la historia se han movido tradicionalmente a base
de iniciativas de los soñadores, y para soñar no hay nada mejor que tener la
cabeza llena de ideas, de historias, de personajes… de alternativas, a fin de
cuentas, y eso se adquiere culturizándose, y, desde hace miles de años, la
mejor forma de culturizarse es leyendo.
Así pues, lectores de este mi modesto manifiesto, si
tenéis hijos, sobrinos, nietos, conocidos en edad de ser redimidos y rescatados
del desierto… ¡regaladles un libro! No es una panacea ni la solución del problema, pero es un primer paso y hasta el viaje más largo empieza dando ese primer paso.
Para musicar este comentario no se me ocurre nada mejor
que recurrir al maestro Sabina cuando dice:
Como además sale
gratis soñar
y no creo en la
reencarnación
con un poco de
imaginación
partiré de viaje
enseguida
a vivir otras vidas
a probarme otros
nombres
a colarme en el
traje y la piel
de todos los
hombres
que nunca seré
A ver si conseguimos, volviendo a recurrir a D. Joaquín, no
terminar bailando todos al ritmo del Rocanrol
de los idiotas.